Te comunicas contigo constantemente. ¿Sabes escucharte?

Tu cuerpo te habla.

Tu mente te habla.

Tus emociones te hablan.

No nos hacemos idea (sí, me incluyo) de la ingente cantidad de información que nos damos a nosotros mismos.

Tampoco es cuestión de obsesionarse con cada sensación o pensamiento que tengamos, intentándole buscar un significado oculto y conspiranoico.

Aunque es cierto que todo está conectado y que reaccionamos de mil maneras, a distintas escalas, con cada molécula de nuestro cuerpo, ello no implica que cada resultado externo y medible sea útil.

No obstante, sí es verdad que en la mayoría de los casos no tenemos mucho manejo detectando e interpretando determinadas sensaciones que sí pueden sernos útiles.

No se trata de obtener respuestas absolutas y simplistas, sino más bien de hacerse una idea e intuir aquellas fuentes que pueden estar siendo causa de algún resultado no deseado.

Lo útil de todo esto es ser capaz de decir: “Hey, creo que esto que hice o que hago no me está sentando bien; veamos qué puedo hacer al respecto”.

¿Lo ves?

Lo importante es ser capaz de detectar los puntos de fuga, o sea, aquello que nos repercute negativamente de alguna forma.

Y no solo hablo de que nos haga sentir mal, sobre todo a corto plazo. A veces es necesario sentirte mal para pararte, reflexionar o percatarte de ciertas cosas y poder, más tarde, seguir avanzando.

Hablo más bien de identificar aquello que nos frena de verdad, que nos fastidia nuestro rumbo.

En cualquier caso, la idea que propongo es aprender a interpretar determinados mensajes que nos mandamos, sobre todo cuando se repiten con frecuencia.

¿Cómo andas de conciencia corporal?

¿Qué haces normalmente cuando, por ejemplo, notas una presión física en el pecho, la garganta o la cabeza, por decir alguna zona?

¿Lo ignoras y sigues a lo tuyo?

¿Te planteas de algún modo a qué puede deberse…?

¿Te das cuenta de que llevas ya un rato con esa molestia y hasta ahora no te habías fijado..?

La próxima vez que te pase algo así, intenta hacer un par de cosas:

+ Localiza lo más delimitadamente posible la ubicación de esa sensación.

+ Pregúntate si acaba de surgir o si ya estaba ahí de antes.

+ Reflexiona acerca de cuándo ha aparecido y qué estabas haciendo justo antes de que surgiera.

Estas 3 cositas tan simples pueden hacerte, por un lado, quitarle fuerza a la molestia y , por otro, ayudarte a averiguar su origen (o uno de ellos).

¿Cómo te hablas en los silencios?

O incluso en voz alta… (yo lo hago jaja).

¿Sueles decirte cosas feas o te hablas bien?

A veces no tenemos intención ninguna de dañarnos pero nos salen unas “coletillas” pre-hechas nada encantadoras.

Tipo: “Ayy, que tonta eres”; “Ea, ya la has cagado otra vez”; “Qué complicado todo”; “Es que es difícil, ¿eh?”; “Me cuesta mucho”; “Ojú, hay que ver”; “Qué mal todo”….

Si te propones darte cuenta de cuándo te dices alguna pildorita así, cada vez las detectarás antes y justo después de pensarlas caerás y dirás “Hey, ¡lo acabo de hacer!”.

El simple hecho de percatarte de esto es un gran avance. Porque te va a permitir tener mayor control, corregirte e ir reduciendo el número de veces que te desprecias o no te hablas en condiciones.

Y por supuesto, si te encuentras diciéndote alguna maravilla, tenlo en cuenta también, para aplaudirte internamente y fomentarlo. Así sí 🙂

Una práctica que también puede servirte es dedicar un ratito cada día (o de vez en cuando, cuando puedas) a ver qué piensas, qué estabas pensando, cómo era la retahíla de cosas que te estabas diciendo, cómo expresas las situaciones en tu cabeza…

¿Es tipo, por ejemplo: “uf, y ha pasado esto y claro… es complicado…”, o más bien “qué bien aquello, qué maravilla cuando pasó, y yo respondí así…”.

Aquí, igual que he comentado antes, también puedes ir haciéndote consciente, corrigiéndote, etc.

Emociones por aquí, emociones por allá…

Lo mismo que he dicho hasta ahora puede adaptarse perfectamente a la emociones.

Sobre todo, cuando detectes alguna emoción intensa, sea agradable o desagradable, intenta averiguar por qué ha aparecido, qué ha pasado justo antes de que surja.

Puedes ir un paso más allá e intentar ver qué emociones se relacionan con qué pensamientos, y al revés.

También puedes dedicar un rato de vez en cuando (preferentemente cada día, claro), a ver cómo te sientes o cómo te has sentido hace poco, qué causas pueden estar relacionadas, etc.

Lo que viene siendo la introspección de toda la vida, vaya 😉

Practicando un poco con estas estrategias podremos ir desarrollando una mayor conciencia de nosotros mismos, de cómo sentimos el cuerpo, de cómo experimentamos las emociones, y de qué tipo de discurso usamos en nuestros pensamientos.

¿Qué te parece esto de hacer de detective contigo mismo? ^^

Puede ser realmente interesante aprender a percatarnos de ciertas cosas, no sólo para detectar qué las ha causado, sino para algo más práctico a corto plazo: parar en el momento y dejar de retroalimentarnos negativamente (si es que lo que hemos detectado es algo malo, claro).

Un ejemplo mío:

A veces, cuando algo me causa ansiedad o nervios y estoy sentada, entrelazo las piernas y aprieto fuerte, generando tensión corporal.

Otras veces agito los pies rápido, como si de un tic se tratase (típico movimiento de nerviosismo de mover las piernas y los pies, etc.; espero que más o menos me esté explicando jaja).

Tanto una cosa como la otra realimenta mi nerviosismo y le continúa diciendo a mi cuerpo que algo va mal.

Sin embargo, si me doy cuenta y paro de agitar los pies o desenrosco las piernas, detengo ese estímulo y envío un mensaje de “tranqui, no pasa nada, relájate”.

El cuerpo, las emociones y los pensamientos están interconectados, de modo que si afectas alguno de ellos, influyes en los demás

Igual podrías, por ejemplo, atenuar una emoción de angustia gracias a una relajación corporal…

Definitivamente, el tema tiene mucha miga. Lo guay es que con cada pequeña cosita que apliques, ya puedes empezar a ver resultados interesantes 🙂

¡Ánimo con esa labor detectivesca! 😉

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